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Historiografía: Transcripción

W. J. – Podríamos comenzar con una pregunta biográfica: ¿Cómo fue tu iniciación en la política y cómo influyó esta experiencia en tu trayectoria académica e intelectual?

D. B. – Mi iniciación en la política tiene que ver con los años sesenta en América Latina; años que fueron un parte-aguas, es decir, que nuestra generación, la generación de estos años a la que pertenezco, fue una generación que se agitó de manera muy conmovedora. Entonces, creo que mi inscripción en la esfera pública en esos años, como una militante política, marcó claramente mi destino como académica. Yo debí exiliarme en los años de la dictadura y la experiencia fuera de mi país hizo un camino notablemente modificador en lo político, pero desde luego, también en lo académico. Me construí en esos años un destino académico fuera de la Argentina. De modo que hay una clara influencia de mi ser político en mi ser académico.

W. J. – ¿Y la experiencia del exilio en México y en Brasil aportó también otra perspectiva?

D. B. – La experiencia del exilio en México y en Brasil aportó también otra perspectiva. Pero mi exilio fue en Brasil. Mi visita a México nada tiene que ver con el exilio, sino con una gran aventura del presente.

Yo estuve en Brasil exiliada durante casi ocho años y, efectivamente, Brasil pasaba en esos momentos por una dictadura que tenía unas características muy diferentes de la nuestra en la Argentina. La dictadura de Brasil era una dictadura que ya se ablandaba cuando yo llegué, de modo que el contacto con Brasil fue muy notable para mí en dos grandes perspectivas. La primera perspectiva la daba el contacto con el feminismo en Brasil. Efectivamente, Brasil reconstruía sus movimientos sociales en diferentes dimensiones, pero en una muy particular que fue el movimiento de mujeres contra la dictadura y a favor de la amnistía. Ese movimiento a mí me contagió, me contaminó mucho. Y la otra perspectiva, que es muy importante, es la de haberme encontrado con Michel Foucault.

Foucault no estaba presente en la Argentina, no era una figura impactante en la academia y, desde luego, la dictadura obviamente sofocó la posibilidad de encontrase con Foucault.

Creo que mi generación estuvo muy marcada por este gran pensador francés que en mi caso luego se constituyó en mi primera posibilidad para ingresar en el mundo de la historia.

 

W. J. – ¿Qué sucedió con tu trayectoria política luego de la recuperación democrática?

D. B. – Esa es una cuestión que demarcó mucho mi vida. Yo había sido una militante en un ala más de la izquierda de lo que era en ese momento el peronismo. Yo renuncio totalmente al compromiso que tenía con ese horizonte de ideas populistas y muy confuso que era el peronismo. De modo que tras esa renuncia, me posicioné en otro terreno, en un terreno mucho más crítico que el del propio peronismo y, en este momento, yo absorbo una suerte de ideas que van a posicionarme también como historiadora. Esa suerte de ideas tiene mucho que ver con lo que yo llamaría una “expresión libertaria”. El hecho de haber trabajado sobre el anarquismo me devolvió otra certeza sobre el destino de la democracia en Argentina y, sobre todo, sobre la soberanía de las personas, sobre la vida social.

En aquel momento, hice una interpretación diferente –e inclusive del propio sentido que yo le había dado a la historia–, de la historia personal y de la historia propia de la Argentina. Entonces, cuando yo dejo mis relaciones con la política populista, no hago un camino militante inmediato, sino un camino académico muy crítico de las políticas, no solamente del peronismo, sino en general, de las izquierdas. Notoriamente, esto tuvo mucho que ver con el tipo de trabajo histórico que yo estaba realizando. Ese ir al pasado, me permitió, obviamente, darle muchos significados al presente, y podría decir que en realidad lo que ocurrió (verdaderamente me parece como muy conmovedor para mi vida intelectual), fue ir al pasado con acuciantes preguntas sobre el presente en la sociedad en Argentina.

 

W. J. – Los aportes originales de América Latina a los estudios de género en todo caso tienen que ver con conceptos, métodos, o con temáticas, y tal vez con esta realidad empírica de Latinoamérica. ¿Por dónde ves una línea fructífera en la investigación en Latinoamérica?

D. B. – En cualquier sociedad hay muchas categorías de mujeres. Hay muchas realidades culturales. Felizmente, creo que estamos asociando a otras problemáticas el término de “mujeres”. Y la propia condición de género nos está diciendo que tenemos géneros en plural, diversos. De modo que la particularidad de América Latina es encontrar una nueva articulación en teoría y lo que vemos empíricamente de manera que asome lo empírico con una suerte yo diría de reto a la cuestión teórica. Por ejemplo, las viejas categorías de lo público y lo privado, categorías, como por ejemplo: esfera pública, participación política, asociaciones de la sociedad civil, tienen unas características peculiares en América Latina. Por ejemplo, es importante el hecho de que las representaciones políticas de mujeres son en este momento muy interesantes en la Argentina. La presencia de mujeres a raíz de la ley de cupos mínimos en 30% de mujeres (Ley de Cupo del 24 de diciembre de 1991 fue implementada con el fin de asegurar el acceso igualitario de las mujeres a los cargos públicos y establece un cupo mínimo de 30 % de participación de mujeres en las listas electorales), le da una realidad particular a la política. Eso no quiere decir que me parezca, a diferencia de la participación clara de mujeres en la política en Europa, que está mucho más forjada en términos de intereses de las mujeres, intereses feministas. Yo no podría decir que en la Argentina, en este momento, las representaciones de las mujeres sean muy espectaculares respecto al feminismo en la política. Deberíamos tener mucho cuidado. Están hablando bien de la participación de género en la política, del género femenino, pero probablemente no son muy audaces sus participaciones respecto de propuestas feministas. Es un poco diferente en Europa. Por ejemplo, mi impresión es que, inclusive aquí en Alemania y en los países del norte, hay una agencia feminista más clara respecto a las representaciones políticas. Sin embargo, hay otras realidades, por ejemplo, hay unas revoluciones silenciosas que han hecho las mujeres en la política en México.

México es un país que ha transformado notablemente la presencia femenina; ha transformado la estructura de los viejos partidos. Me refiero al PRI, por ejemplo, donde hay una expresión de mujeres de un talento notable, y una capacidad de liderazgo notable. En Argentina, puedo dar dos nombres, pero ellos están muy contaminados con la propia participación de ambos esposos. Me refiero, por ejemplo, a la esposa del presidente de la República y a la esposa de un ex-presidente de la República, que tienen en estos días, mucha fuerza política. Sin embargo, yo encuentro que hay diferencias entre la mayor capacidad de liderar con más autonomía de las mexicanas, en este momento, que las mujeres en Argentina. Esta realidad significa que tengamos que ver al género de alguna manera, digamos, a los problemas de género en relación a la teoría de manera diversa.

Otra cuestión, por ejemplo, es la larga agencia asistencial de las mujeres en la Argentina y en América Latina. En Argentina de manera muy exponencial, las mujeres han participado de los actos benéficos como dice y manda la tradición, pero lo han hecho de una manera notable. Hoy tenemos numerosos trabajos que muestran el capital público de las mujeres. Por ejemplo, en la asistencia pública en la Argentina, las mujeres han logrado un dominio, en el hecho de ordenar una serie de cuestiones administrativas que son muy notables y que probablemente no tengan el mismo registro en estos países. Esto significa que debemos alterar un poco la teoría, debemos referirnos a la “asistencia”: Esas mujeres que asisten públicamente y que tienen agencias casi gubernamentales tuvieron un orden muy importante de relativo poder, porque la beneficencia pública era absolutamente subsidiada por el Estado en la Argentina. Entonces, esto quiere decir, que tenemos que conversar con la teoría de nuevo. Esta división entre “público” y “privado” se desorganiza bastante si trabajamos con corrección, o por lo menos, con mayor rigor, o indagamos con otras preguntas a nuestro pasado. Para concluir, la teoría, inclusive la teoría presente, tiene que vérsela con la propia historiografía. Es decir, que una buena teoría feminista tiene que conversar siempre con historiografía. Y tiene que conversar desde luego con las diferentes realidades para encontrar las márgenes nuevas en que la propia teoría está en cuestión, pudiendo ser revisada o aún pudiendo ser suplantada por otras vertientes teóricas.