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Lo público y lo privado

Uno de los logros del feminismo es subvertir las lógicas de constitución de lo público como ámbito político propio del hombre y de lo privado como ámbito doméstico propio de la mujer. Lo político no se localiza de una forma esencialista en la esfera pública, ni exclusivamente en los asuntos formales del Estado. Una referencia concreta sobre lo público y lo privado en el trabajo de Barrancos se da en los estudios del anarquismo. Barrancos nota que las mujeres anarquistas, al exigir nuevos derechos como mujeres, trastocan las concepciones tradicionales mencionadas en el párrafo anterior de lo público y lo privado.

El movimiento de mujeres anarquistas lleva a cabo, simultáneamente, una “revolución doméstica” y una “revolución pública”. La separación entre los ámbitos público y privado se localiza, dice Barrancos, en el marco conceptual del siglo XIX, en la emergencia del hombre burgués como hombre público. En relación al hombre burgués, Barrancos destaca dos aspectos: el primero, es la relación dependiente que existe entre revolución íntima y pública. Las revoluciones en la intimidad –dice la autora haciendo referencia a todo un marco literario–, es lo que hace a un hombre público; el segundo, siguiendo las tesis de Richard Sennett sobre los hombres burgueses, es el solapamiento que hacen los hombres, al traer a la vida doméstica el canon de la vida pública basado en la sociedad patriarcal. La construcción de esta separación tajante entre lo público y lo privado de la sociedad patriarcal del siglo XIX, también propia de los contextos latinoamericanos, va a ser cada vez más cuestionada y puesta en evidencia como absurda y desigual. Barrancos sintetiza con el título: “Inferioridad jurídica y encierrro doméstico”, los resultados de esta época decimonónica y de sus concepciones en relación con la mujer:

“Resulta bien conocido que el largo siglo XX significó un retroceso para las mujeres debido, entre otras importantes cuestiones, a la obturación de los derechos civiles […]. La incontable experiencia de la sociedad burguesa coincidió en la minusvalía del sexo femenino, tal vez azuzada por dos grandes ideaciones fantasmales, contradictorias pero sinérgicas para la óptica patriarcal: la incertidumbre acerca de la ingobernabilidad de las mujeres y la certeza de su inferioridad biológica. La atracción mutua de los términos se imponía y el resultado convenció a los varones sobre la necesidad de prevención: igualar a las mujeres frente al derecho era como pedir a la naturaleza que se comportara con sus propias normas.” (en: Barrancos, Inferioridad jurídica y encierro doméstico. Fernanda Gil Lozano, Valeria Pita, María Gabriela Ini (directoras). Historia de las Mujeres en la Argentina. Tomo I (Colonia y Siglo XIX). Tomo II (Siglo XX). Buenos  Aires, Taurus, 2000, págs. 111-127).

En el caso de la Argentina, en gran medida, esta separación entra en cuestión por las revoluciones y la aparición en la esfera pública de las mujeres anarquistas y socialistas. La gran batalla por la emancipación femenina se produce entre las décadas de 1910 y 1920, gracias a mujeres como Alicia Moreau, Petrona Eyle, Esther Bachofen, Julieta Lanteri, Julia M. de Moreno y Belén Tezanos de Oliver que exigieron derechos civiles en igualdad con los hombres ante las instancias estatales. Barrancos sugiere que a la par de las luchas del proletariado, la batalla feminista podría significar un trastocamiento de las concepciones masculinas mucho mayor: “El cálculo de un orden que devolviera juicio a las relaciones entre las personas sexuadas –esto es, afirmara aun más el proverbial acatamiento femenino– se inscribe en los motivos medrosos de la condición humana masculina bajo la nueva cuadrícula burguesa, y el sometimiento jurídico de las mujeres contesta –y se anticipa– a la posibilidad de una alteración tal vez más radical que la que ya asomaba con las reivindicaciones del proletariado.” (en: Barrancos, Inferioridad jurídica y encierro doméstico).

Las luchas de las mujeres de principios de siglo se centran por lo tanto en la salida de su estado subordinado que las aislaba al ámbito doméstico y las privaba de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. La emancipación femenina se pone en manos, sobre todo, de la petición de derechos: derechos al sufragio, derechos de acceso a la educación, derechos de incursión en el Estado, derechos sobre el propio cuerpo, entre otros. Esta búsqueda de derechos transforma las concepciones decimonónicas de lo privado y lo público.

En el caso latinoamericano, son múltiples los ejemplos que muestran la dificultad de separar de forma tajante lo público de lo privado. En este punto, Barrancos alude al caso de Eva Perón y su relación con las mujeres que aún no ha sido debidamente tratado dentro de este marco de lo público y lo privado. En el peronismo, Eva Perón instituye la idea de familia como algo fundamental, pero al mismo tiempo llama a las mujeres a salir a las calles –hay muchas mujeres, dice la autora, que abandonaron sus casas para seguir al peronismo–. Evita apela, para sostener a Perón, a mujeres que se posicionaron contra el peronismo, como la socialista Alicia Moreau de Justo.

Como hecho histórico de la presencia de mujeres en el Estado, también se destaca la entrada de las mujeres en los escaños del parlamento, a partir de 1952. Como se puede ver, dice Barrancos, la situación es muy compleja, es decir, existen múltiples contrariedades como se ve en los casos de Eva Perón y del peronismo, que no permiten seguir las lógicas que excluyen lo político de los ámbitos privados o domésticos.

La crítica feminista no permite establecer lógicas conceptuales esencialistas basadas en estas diferenciaciones de lo público (hombre y político), con lo privado (mujer y doméstico). Cuando Barrancos menciona la necesidad de crear teorías más provocadoras que pongan en evidencia de una forma mucho más clara las particularidades de los diversos contextos, entra a mencionar el caso particular del rol asistencial de las mujeres en la Argentina.

Barrancos establece la hipótesis de que la participación femenina a principios del siglo XX en la Argentina, en cualquiera de estas instancias –reformistas, asistencialistas, sufragistas, o contraconcepcionalistas– produce las bases de lo que llegó a ser, alrededor de los años 1950, el Estado benefactor (ir a la transcripción de la entrevista): “[…] la larga participación de las mujeres en la agitación o en la contención, aportó modelos, tópicos y asuntos fundamentales para la acción del Estado, ya fuera porque generaron leyes de protección a las mujeres, a los niños, a los trabajadores; o porque comprometieran una manifiesta amplitud en el campo de la educación, de la salud, de la previsión, etc.” (en: Barrancos, Presencia de la mujer en las luchas sociales argentinas de principios de siglo. Aportes para una Argentina plural. Archivo General de la Nación, Buenos Aires, 16 de octubre de 1997, p. 127). Ocupar el "lugar de lo público" por las mujeres, un lugar que supuestamente estaba reservado de forma casi natural al hombre, se constituye en uno de los principales logros de la emancipación femenina en el conjunto de la sociedad patriarcal.