QUE SE VAYAN TODOS

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"Que se vayan todos": ¿Qué significa para vos este lema? ¿Hay una tradición política entre los nuevos movimientos sociales y las movilizaciones callejeras a fines del siglo XIX?

Bueno, "que se vayan todos" me parece un síntoma. Es un slogan que creo que nunca canté y trataré de nunca cantar porque no me parece muy útil, pero me parece que más allá de las preferencias personales es muy claramente un síntoma casi transparente del rechazo que buena parte de la sociedad argentina tuvo en los últimos años hacia una dirigencia política que era incapaz de interpretar sus necesidades, sus aspiraciones y sus señales. Que no entendió lo que quería decir "que se vayan todos". Soy muy crítica del slogan por dos razones: primero, porque me parece que está condenado a ser derrotado como slogan: "que se vayan todos" y entonces ¿qué pasa?, digamos, ¿quién viene? Es un slogan negativo. Se van todos, ¿y? Eso sería la pregunta. Y como todo slogan negativo es muy fácil estar todos de acuerdo con ese slogan porque total no sabemos lo que va a venir después. "Qué se vayan todos" y lo que viene después, bueno... entonces, yo puedo gritar junto con alguien que piensa totalmente distinto que yo en todo lo demás porque simplemente me une la negatividad.
Pero hay otra cosa más grave. Este "que se vayan todos" estaba exclusivamente referido a los políticos. Y esto se vincula con un problema más grave que no es sólo argentino y que no es sólo de ahora - porque también hay manifestaciones de esto en varios momentos del pasado - que es una especie de sospecha en las sociedades contemporáneas y desconfianza profunda frente a la dirigencia política, y frente incluso a la política como esfera de mediación. La esfera política es por definición una esfera de mediación, de negociación, de búsqueda de consensos y, por lo tanto, no es una esfera pura. No es una esfera donde los ideales puedan sostenerse de manera pura, incluso donde esos ideales se mantienen de manera pura generalmente lo que surge son distintas versiones de totalitarismos o autoritarismos, pero donde la política opera como en una sociedad compleja pluralista como en nuestra sociedad contemporánea, donde la política opera como espacio de mediación, como espacio de negociación, de creación de nuevas situaciones pero a la vez a partir de, necesariamente, articulaciones entre distintos intereses. Esto visto por la sociedad civil, por quienes cada uno de nosotros tenemos nuestros propios valores, nuestras propias aspiraciones y queremos ver estas aspiraciones realizadas, vemos ese espacio de mediación con una enorme negatividad, con desconfianza. E incluso la palabra "negociación" en Argentina ha tomado una connotación terriblemente negativa: están negociando, bueno eso lo que los políticos hacen, señor, negocian. Lo que no quiere decir que hacen negocios, que es otra cosa. Que también hacen negocios, pero eso no está bien. Pero de alguna manera la política parece como un espacio de negatividad. Y frente a eso, la defensa que los intereses sectoriales hacen - cada uno de su propia voluntad, de su propio interés, o lo que sea - aparece como mucho más genuino, mucho más transparente. Pero justamente la acción de grupos de la sociedad civil, cada uno de los cuales puede tener sus legítimas aspiraciones y voluntades colectivas, si no existe un plano de mediación de esos intereses, caemos en aquello que criticaba yo cuando hablábamos de la nación, es decir ¿cuál es el espacio en qué esos intereses y esas aspiraciones se articulan? Y esa articulación no puede ser una articulación de predominancia a uno de esos intereses frente a los otros, porque justamente caeríamos en una sociedad que no es democrática, que no es inclusiva. Entonces, es un espacio complicado el de la política, es un espacio de mediación y de negociación necesaria. Es cierto que muchos políticos realmente existentes han transformado ese espacio en una parodia y en un lugar para la defensa de sus intereses particulares y eso es criticable y hay criticarlo, pero saltar de allí a una crítica de la política en general o de los partidos políticos en general, me parece que no es productivo. En este sentido, quiero decir algo sobre lo que pasó en Argentina en el último año con la explosión de asambleas barriales, movimientos de distintos tipos de la sociedad civil que nacieron al calor de la crisis política y que son expresiones muy interesantes de cómo una sociedad busca gestionar sus propios problemas. Dicho esto, creo que se dio un paso - y desde distintos sectores políticos o sectoriales a veces se plantea ese paso como el paso ideal -que esa esfera, que esos espacios de la representación de los intereses particulares, o de los grupos, o de los colectivos, pero colectivos pequeños, se conviertan en esfera de la política en reemplazo de la política partidaria, de la política institucional, del Congreso, etc. Creo que esa traslación podría ser enormemente dañina para la construcción de una sociedad democrática. Creo que una sociedad democrática debe combinar ambas instancias, la instancia de la expresión de los intereses grupales de la sociedad civil, con una instancia de mediación de esos intereses. Y esa es la política. Hoy por hoy todavía no inventamos algo diferente de los partidos y del Congreso que sirva justamente como esa arena. ¿Qué tiene que ver todo esto con los movimientos argentinos de este siglo? Yo creo que uno podría decir, de la manera más superficial, sin duda, hay una tradición política, una tradición de ir a la calle. Y esa es una tradición larga. Otras sociedades también la tienen, pero creo que la Argentina la tiene con mucha fuerza. Eso de salir a la calle e ir a la Plaza de Mayo a manifestar, es algo que viene desde el siglo XIX y en ese sentido hay una continuidad. E incluso hay una continuidad en los recorridos en el espacio público, y la Plaza de Mayo en ese sentido es, como el símbolo máximo. Más allá de esto y de una tradición que a su vez se realimenta - porque la gente habla de lo que pasó en el siglo XIX - por ejemplo la Revolución de Mayo o la Revolución del 90 se evocan hoy como antecedentes. Pero esa continuidad uno podría verla muy quebrada si va a analizar específicamente cómo se generan esos movimientos, qué es lo que reclaman, cómo es el diálogo con el Estado, en qué momento ese es un público que se presenta a sí mismo como un público único, como un pueblo uniforme, y en qué momento ese pueblo se fragmenta, o aparece como fragmentado. O sea, ahí hay discontinuidades. Yo a la continuidad la veo más bien en una tradición política que a su vez se alimenta de su propia experiencia.