BIOGRAFÍA

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¿Tuviste que romper con alguna tradición familiar para desarrollarte como escritora?

Bueno mi padre era poeta, un poeta en yiddish, que cuando se dio cuenta que el yiddish era un idioma que se estaba terminando porque había habido el holocausto y todo ese tipo de cosas y porque quedaban muy pocos judíos que hablaban yiddish, y que había surgido el estado de Israel y en Israel se hablaba hebreo, entonces mi padre de alguna forma quiso insertarse en la historia literaria mexicana y empezó a publicar poemas en español, pero el pensaba en yiddish y en ruso, y luego cuando murió me di cuenta que pensaba en ucraniano también, porque las últimas frases que dijo fueron en ucraniano, curiosamente. Pero bueno, mi padre era un intelectual, un poeta con una biblioteca muy importante, que para mí era muy fundamental. Eso fue primordial para que yo me dedicara a las letras. Desde muy jovencita supe que me iba a dedicar a las letras, y yo creo que dependía también de ese ambiente familiar, definitivamente, pero obviamente yo pertenezco a una tradición judía, pero yo personalmente soy muy asimilada. En realidad yo salí del medio familiar, me casé fuera del judaísmo, mi primer marido no tenía nada que ver con el judaísmo, mi segundo marido se supone que era judío pero realmente no tenía mucha relación con lo judío y yo estuve siempre muy vinculada con los medios literarios mexicanos, con los medios culturales mexicanos, paulatinamente cada vez más, porque además yo estudié en colegios de gobierno, casi no estuve en colegios particulares, la mayor parte de los jóvenes/niños judíos contemporáneos a mí estaban en el colegio Israelita. Por razones familiares yo no pude estar en el colegio Israelita más que dos años de mi vida, entonces yo tenía más bien una relación con lo mexicano directamente, que con el ghetto que los propios judíos formaban en la Ciudad de México. Entonces en ese sentido, rompí y no rompí con la tradición familiar. Bueno, el hecho de que me casara con un no-judío fue muy violento en la época en que yo lo hice, ahora muchísimas jóvenes se casan fuera del judaísmo sin ningún problema, pero yo fui de las primeras que lo hice, entonces en ese sentido sí tuve que soportar un peso fuerte de parte de mis padres, de parte de la comunidad judía que me miraba como una traidora, etc., etc., ¿no? Entonces en ese sentido pues sí fue duro, pero también fue como asimilándose rápidamente.

En Las Genealogías, tú mencionas que tu familia se mudó de casa varias veces en la Ciudad de México. ¿Qué significó para ti ser una migrante mexicana dentro de la Ciudad de México?

Mira, mis padres nunca tuvieron mucha facilidad para ganarse la vida. Probablemente mi padre, como era poeta, lo que menos tenía era cabeza de comerciante, entonces no podía funcionar como tal y constantemente cambiaban de giro, como se dice en México, ponían un restorán les iba muy mal- vendían cajas de cartón les iba pésimo - hacían peines -les iba peor-, en fin, mi papá estuvo haciendo miles de cosas y, digamos, quizás lo que definió un poco la vida de mis padres en cuanto a relación con formas de ganarse la vida serían las zapaterías, porque tuvieron varias zapaterías, y para mí es muy importante la relación con la zapatería. Todo el tiempo estoy pensando en zapatos y me compro muchos zapatos como dice Monsiváis, y creo que tiene que ver con esa parte de mi vida, y además yo estuve muy vinculada ayudando a mis padres en las zapaterías... y también los restoranes. Cuando era yo chica - no me acuerdo de los restoranes - pero después, durante un largo tiempo, cuando yo regresé de Europa, de mis estudios en Europa, mis padres habían abierto un restorán y fue la única vez en su vida que tuvieron más o menos una solvencia económica, lo suficiente para vivir más o menos bien. Entonces los cambios por la ciudad eran cambios que me provocaban una gran desazón, porque había que mudarse constantemente, pero no sabía yo qué efecto había tenido sobre mí eso hasta hace muy pocos meses que viajé con mis hijas a Lisboa, y mi hija menor me dijo que yo no tenía ningún arraigo, porque yo dije: no quiero comprar una casa en ningún lado fuera de México porque si no me quita la posibilidad de viajar. Eso de tener que ir a una casa específica, me quita la posibilidad de viajar. Entonces me dijo mi hija: no tienes ningún arraigo. Un poco incriminándome. Entonces yo dije sí, evidentemente no tengo ningún arraigo. Quizás el hecho de mudarme de casa toda la infancia me dio esa sensación viajera que de alguna forma me obligó a trasladarme de una lugar a otro, tranquilamente, sin nostalgia, a pesar de que yo tengo una casa hace muchísimos años que es una casa muy agradable, muy bonita, en la que me siento muy bien, donde están todos mis libros, mis discos, donde vivieron mis hijas, etc., y que es inamovible, digamos. Pero yo tengo esa inamovilidad y una movilidad impresionante. Entonces yo creo que viene... no sé, de repente si concientizo y hago un ejercicio aritmético excesivamente elemental, quizás se deba a esa movilidad de infancia, mi capacidad viajera, es decir, como que tiene que ver una cosa con otra. Me da la impresión. Pero te digo que apenas recientemente, después de que mi hija me incriminó y me dijo: no tienes absolutamente ningún arraigo, entonces dije: A caray.