Trabajo doméstico

El trabajo doméstico es definido por de Barbieri en calidad de trabajo socialmente necesario. En la entrevista la autora señala cómo en el momento en que iniciaba su investigación sobre la mujer y su lugar dentro de la división social del trabajo, comenzaba a preguntarse en qué medida la vida privada, doméstica, familiar, ocupaba el tiempo de las mujeres y en qué medida el trabajo doméstico pasaba a ser un trabajo necesario y necesario para qué. La categoría de Marx de trabajo socialmente necesario relativo a la producción de mercancías, le sirvió a de Barbieri para determinar el trabajo doméstico como un trabajo en el que está pendiente la supervivencia de las personas, “porque si no se hace trabajo doméstico, alguna gente puede morir” (12). El trabajo doméstico es redefinido por de Barbieri entonces, dentro de la categoría de trabajo socialmente necesario: “Bajo una perspectiva teórica marxista, se plantearon hipótesis acerca de la relación entre trabajo doméstico y la producción y reproducción de la mercancía y fuerza de trabajo. Se sostuvo que la reproducción de esta última se basa en gran parte en aquél” (de Barbieri 1996: 109).

Dentro del proceso de revaluación del trabajo doméstico queda comprendida la reproducción del trabajador y su familia como fuerza de trabajo, esto implica el llevar a cabo un “conjunto de actividades que se realizan en el ámbito doméstico que van desde la compra de bienes, su elaboración para ser consumidos, a la prestación de toda una serie de servicios domésticos de limpieza, transporte, administración, que por lo general están a cargo de la mujer ama de casa” (1989: 21-22). La reproducción de la fuerza de trabajo se da básicamente mediante tres aspectos: a) intensificación de la participación de las mujeres en actividades de mercado, b) incremento del volumen del trabajo doméstico y la incorporación de nuevas actividades en ese ámbito, y c) los cambios en los lazos de solidaridad entre familiares y amigos” (p. 22). El trabajo doméstico pasa a ser visto entonces como un trabajo indispensable, pues atiende directamente al cuidado de las personas y a su supervivencia: “Los niños no sobreviven sin trabajo doméstico. Las enfermas y los enfermos tampoco sin el trabajo que se hace en la casa, y entonces: ¿Quién hace ese trabajo? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo le lleva? ¿Cómo se compagina ese trabajo con las responsabilidades de fuera de la casa? ¿Cuánto de ese trabajo se hace adentro de la casa, cuánto se hace afuera de la casa? ¿Cuánto ese trabajo es para la persona que lo hace y cuánto es para los otros? Incluso quería saber si les gusta, si lo hacen con placer, o si es una imposición que tienen que hacer aunque les desagrade y les moleste. Todo eso quería saber” (12).

En sus primeras entrevistas con las mujeres en Chile, sobre todo con las mujeres obreras, la autora percibe “que había demandas domésticas, demandas de la vida privada que impedían a las mujeres tomar responsabilidades en la vida pública. Ahora, ¿cómo era que se articulan una y otra?” (12): “Vista la esfera del trabajo asalariado como pública quedaba clara la relación entre lo privado y lo doméstico y lo público: la interdependencia de una y otra y la articulación necesaria en condiciones de desigualdad y desventaja de la privada ante la pública” (1996: 109). Al estrechar el vínculo entre el varón y lo público, subordinando a la mujer a una esfera privada o de menor importancia para la sociedad, los varones adquirían entonces mayores privilegios, así como una valoración de que su papel en la sociedad era de mayor importancia: “Procesos tales como el mantenimiento de la vida humana y la reproducción de la fuerza de trabajo fueron negados como procesos de trabajo y si se les aceptaba como tales, no se veía la necesidad de indagar en ellos y en sus agentes” (1983: 9-10).

Con respecto a la introducción de las problemáticas de género dentro de la división social del trabajo: “a medida que aparecían nuevos resultados de investigación, cada vez quedaba más en claro la existencia de una división social del trabajo basada en el sexo y una subordinación social de las mujeres a los varones en los distintos niveles de las sociedades estudiadas. Fenómenos universales y no exclusivos de las sociedades latinoamericanas” (1983: 9).

Con ayuda del género, se llegó a comprender que la desigualdad social, partía de una desigualdad naturalizada entre el valor y la mujer, en la que “la subordinación de las mujeres a los varones y la división social del trabajo basada en el género” no es algo inmutable, sino histórico. (p. 11). Las principales preguntas tendrían que articularse por lo tanto como la autora destaca, de la siguiente forma: ¿por qué existe la división del trabajo basada en el género y la subordinación de las mujeres a los varones en todo los niveles de las sociedades?; ¿cómo se articula esta diferenciación social con las otras y principalmente, con la división de la sociedad en clases? (ibídem).

Con el movimiento y la reivindicación de las mujeres se ha podido establecer la dimensión del trabajo doméstico como trabajo socialmente necesario e indispensable como trabajo de cuidado y supervivencia y como trabajo de reproducción. En el “trabajo doméstico” interviene por último la reivindicación de lo cotidiano como esfera de la vida de las personas en la que se debaten los requerimientos para sostener y reproducir la vida de las personas.


 

Referencias bibliográficas


Teresita de Barbieri y Orlandina de Oliveira (eds.). Mujeres en América Latina: análisis de una década en crisis. Madrid, IEPALA Ed, 1989.


Teresita de Barbieri: Los ámbitos de acción de las mujeres, en: Narda Henríquez (ed.). Encrujiadas del saber: los estudios de género en las ciencias sociales. Lima, Pontificia Univ. Católica del Perú, 1996, p. 107-132.


Teresita de Barbieri: Prólogo, en: Catalina Waineman, Elizabeth Jelin y María del Carmen Feijoó (eds.). Del deber ser y el hacer de las mujeres: dos estudios de caso en Argentina. México, El Colégio de México/PISPAL, 1983, p. 9-14.